Como casi todo el mundo sabrá -al menos, en los setenta y siete países en los que ha aparecido simultáneamente el disco-, el cantautor colombiano Juanes ha sacado un nuevo trabajo discográfico al mercado, "La vida es un ratico". En declaraciones del propio compositor, las canciones de ese CD reflejan el momento personal que ha vivido recientemente: la crisis de pareja con su esposa Karen, una breve relación sentimental posterior con otra mujer y, finalmente, el deseo de volver a retomar su matrimonio o, al menos, de mantener una relación cordialísima con la madre de sus hijas.
Las letras que acompañan la banda sonora de esta historia son a veces muy explícitas: "Ya no puedo aguantar esto más / creo que solo puedo estar mejor / mejor que mal acompañado [...] Sé que después de la tormenta viene la calma / pero no creo que en ti haya calma / y cómo tenerla con tanto drama / Es imposible que me quede ahora / es imposible si tú me ignoras / y luego lloras porque me alejo [...] Si esta es la clase de amor que tú me ofreces / estás equivocada, no puedo aceptarla. / Si esta es tu forma de amar / mejor me alejo. Búscame si quieres / cuando estés curada. / Mira que hundiste el botón / y mi corazón explotó. / Veo que no tienes más remedio que pagar [...]" (en la canción "Clase de amor"), o "Hace mucho tiempo no me enamoraba / de unos ojos tan bonitos / comunes de lozanobrillo. / Era lo que menos en mi plan estaba / aunque te admito que a veces soñaba / con la belleza de tu mirada./ [...] La verdad me estoy volviendo a enamorar [...] / Lo que yo siento por ti es amor / ganas que me hacen útil el corazón / droga que me hace inmune ante el dolor [...]" (de la canción "Gotas de agua dulce").
Después de haber escuchado el disco entero varias veces, me pregunto cómo se habrá sentido Karen al saber que medio mundo conoce datos importantes de su intimidad por boca de su pareja. A mí, no lo niego, no me haría mucha gracia que mis vecinos, las dependientas de las tiendas en las que compro, mis compañeros de trabajo o el taxista de turno supieran que mi pareja me ha puesto o no los cuernos, que estamos distanciados o que lloro cuando se va de viaje lejos de casa. ¡Un poco de intimidad, por favor!
Es posible que esa exteriorización de sentimientos actúe a modo de catarsis en la pareja o que responda, simplemente, a un modelo de comportamiento como el del programa "Gran Hermano", en el que los concursantes acaban finalmente por relajarse y mostrarse "naturales" ante las cámaras. No sé. Es su historia y a ellos corresponde gestionarla: aireándola, dulcificándola, dramatizándola o negándola. Pero, por el momento, sólo conocemos una versión de los hechos. A mí, como mujer, me gustaría saber el punto de vista de Karen: sus soledades, trabajos de crianza de las hijas, decepciones personales... Su silencio, por ahora, no ha restado ni una fan a su talentoso marido.
En fin, sólo le deseo a Karen que no tenga que sobrellevar el éxito de una canción inspirada en el enamoramiento de Juanes por otra mujer. ¿No sería demasiado duro escuchar todos los días en las radios de medio mundo una infidelidad del marido?. O ¿quizás el dinero generado por ese posible éxito pondría en olvido el agravio?
La vuelta al trabajo tras las vacaciones de verano coincide con la presentación del mayor número de demandas de divorcio al año, según informaciones divulgadas por los medios de comunicación.
Si pensamos que durante el período vacacional los dos miembros de una pareja disponen de más tiempo para compartir las tareas domésticas, el cuidado de hijos pequeños o los momentos de ocio y placer; entonces parecen sorprendentes esas elevadas cifras de divorcios al finalizar agosto. Sin el estrés laboral ni los horarios fijos de todo el resto del año, ¿cómo es posible que surjan más desavenencias, y tan graves, en las parejas?
Quizás la realidad podría indicar que en vacaciones queda al descubierto, sin la excusa de falta de tiempo, la desigualdad en el reparto y asunción de tareas doméstico-familiares entre los miembros de una pareja, con el consiguiente desgaste de la relación y posible ruptura. O tal vez durante el período vacacional se disponga de más tiempo para comprobar la distinta evolución personal de los dos integrantes de la pareja: diferentes modelos de ocio, sentido del humor, proyectos de vida, gustos de todo tipo...
En fin, a lo mejor todo se reduce a que al amor no le sienta bien el paso del tiempo, que simplemente tiene una fecha de caducidad, como las rebajas de verano.
De lunes a viernes, sobre todo a partir de la medianoche, las principales cadenas de televisión emiten series policiacas del tipo CSI en las que se visualiza frecuentemente la violencia ejercida sobre las mujeres. Se trata de episodios en los que se reconstruyen asesinatos, violaciones o abusos sin escatimar imágenes desagradables, escabrosas o incluso dantescas.
Ya sabemos que la realidad supera muchas veces la ficción y que, desgraciadamente, el número de mujeres asesinadas por sus compañeros sentimentales -o que lo fueron en su día- no deja de crecer. Sin embargo, la frecuente visualización de la violencia sobre la mujer puede conllevar una familiarización tal con esta detestable práctica que muchos espectadores (y pienso especialmente en jóvenes y adolescentes) lleguen a sentir indiferencia ante su contemplación reiterada.
Hay cosas, como a la violencia, a las que nadie debería acostumbrarse, ni a padecerla ni a verla.
Si de manera recurrente alguien contempla escenas de violencia ficticia sentado cómodamente en el sofá de su salón, sin reaccionar, sin levantarse, sin enfadarse, sin que le sobrevenga un cabreo monumental por la injusticia vista, ¿quién puede asegurar que no se comportará de la misma manera ante la visión, en vivo y en directo, de una escena parecida? La capacidad del ser humano para adaptarse al medio y sus circunstancias, violentas en este caso, puede resultar a veces sorprendente.
Por eso, soy partidaria de pedir un tratamiento distinto del tema en los guiones e imágenes de esas series.
Creo que todo el mundo está de acuerdo en que el número de accidentes laborales en España es demasiado elevado y que se deben respetar al máximo las medidas de seguridad en el trabajo para intentar frenar esa sangría de vidas humanas.
Sin embargo, existe una profesión en la que los trabajadores son más valorados y respetados cuanto más cerca están, precisamente, de sufrir un accidente laboral de consecuencias graves, incluso mortales. Es el caso de los toreros, quienes hacen uso de las enfermerías y/o salas de operaciones de las plazas de toros por "gajes" del oficio.
Estos días es noticia en todos los medios de comunicación el regreso del matador de toros más aclamado, venerado y adorado de los últimos años. Los aficionados dicen que su próxima corrida puede ser la última y acuden devotos a la plaza correspondiente. Cuanto más se arrima al toro y más hace peligrar su vida, más éxito.
¿No será paradójico aplaudir la actitud de quien está bordeando un accidente laboral grave y, sin embargo, criticar o denunciar al obrero que no cumple las normas de seguridad en su puesto de trabajo (no poniéndose los amarres de sujeción, por ejemplo, cuando sí los hay en su empresa)?
No sé, quizás es sólo más de lo mismo: lo que se aplaude en el famoso rico se critica en el pobre desconocido.
No esperéis grandes cosas en este espacio. Todavía no sé ni yo misma lo que aparecerá por aquí. Ya se verá.
Por ahora os envío un saludo y os pido que os cuidéis ahí fuera.